jueves, 22 de julio de 2010

Los frondosos delirios de Xaul Tzé

Una vez me contaron una fábula oriental acerca de un hombre llamado Xaul Tzé que se creía que era un árbol. Fiel a su locura, este peculiar hombre solía vestir una frondosa camisa verde siempre rematada por unos terrosos pantalones marrones. Vivía en el último piso de una altísima torre y su hogar tenía amplios ventanales que le permitían asomarse todas las mañanas para seguir al parsimonioso Sol en su rutinaria jornada hacia el Occidente; cada amanecer el señor Tzé deliraba con que hacía la fotosíntesis en lugar de tomarse un buen desayuno.
Hacia el Este los ventanales de su casa se abrían ante una majestuosa plaza, ubicada en la vereda de en frente, donde Xaul Tzé mantenía sus más arraigadas amistades. Cuando el Sol atravesaba el mediodía para hundirse en el Poniente, la altísima torre proyectaba una refrescante sombra sobre la plaza. Era tal la fantasía de Xaul Tzé que cuando el viento soplaba fuerte bamboleando las ramas de los demás árboles él interpretaba que estos le estaban dando un afectuoso saludo con los brazos abiertos.
Un día, el señor Tzé posaba paciente y pasivo ante la luz mañanera cuando de repente el Sol quedó completamente cubierto por un oscuro y colosal nubarrón olímpico. Un estridentísimo trueno relampagueó fugazmente cuando el cielo entero se vino abajo en pedazos o, mejor dicho, a gotas. Rápidamente, Xaul Tzé se precipitó escaleras abajo y cruzó la calle de un salto. Quizá porque el agua había convertido la tierra en barro, quizá por el ímpetu con que pegó el salto, aterrizó clavándose firmemente y hasta las rodillas justo en el centro de su bienamada plaza. Allí mismo extendió los brazos bien abiertos como si intentara alcanzar el Paraíso con las yemas de los dedos. La lluvia caía ferozmente pero Xaul Tzé se mantuvo fijo y con gracia alzando el mentón bien alto mientras el agua le acariciaba el rostro.
Si uno se pasara todos los días al Sol como Xaul Tzé solía hacerlo, encontraría que empaparse de pies a copa resulta muy satisfactorio y refrescante. Por supuesto que para él esto no era lo importante sino nutrirse a través las raíces en los dedos de sus pies que ahora yacían bien hundidos en la Tierra. Así se mantuvo Xaul Tzé por un buen rato. Cualquiera que pasara corriendo por los lindes de la plaza buscando algún refugio de aquella lluvia transformadora hubiera pensado de él: “ahí tenemos a un loco parado en la lluvia sin hacer nada…”
Pero, tal y como los árboles aparentan no hacer mucho más que yacer quietos, un extraño proceso, que escapaba a la atención fugaz de los ojos inadvertidos del resto del mundo, estaba ocurriendo en nuestro arbolado loco. Poco a poco las incesantes gotas de cielo habían ido empapando la piel del señor Tzé hasta el punto de dejarla completamente arrugada. Lentamente, esta continuó transformándose ganando rigidez y dureza hasta que de repente las arrugas ya no eran más arrugas sino vetas. El cambio muy de a poquito continuó manifestándose sin dejar que la falta de prisa se confundiera con pausa; de esta manera la humanidad de Xaul Tzé fue cambiando con cada gota que caía: el color de su sangre fue pasando de un rojo humano a un verde clorofílico; y su cabello se mantuvo finito pero alargado convirtiendo su cabellera en una melena de hojas.
En efecto, la fantasía de Xaul Tzé se estaba haciendo realidad. Y cuando esa noche las nubes se disiparon las estrellas descubrieron maravilladas que en el centro de aquella plaza de fábula una nueva especie de árbol había nacido. Es curioso cómo la gente no nota, o quizá da por sentado, la presencia de algunos miembros de su sociedad; pero cuando de repente estos faltan, su ausencia inmediatamente llama la atención. De esta manera, todo el mundo se dio cuenta de que Xaul Tzé ya no estaba más al mismo tiempo que el nuevo árbol fue descubierto. No sabría decir si la gente fue demasiado tonta al no relacionar estos dos hechos inmediatamente, o demasiado sabia cuando nombraron al nuevo árbol, carente de identidad hasta entonces, “el árbol de Xaul Tzé” en honor al reciente desaparecido.
Los años pasaron y el misterio de Xaul Tzé y el Árbol aparecido nunca fue esclarecido. Con el tiempo generaciones y generaciones se renovaron, y el árbol de Xaul Tzé se convirtió en un testigo inmutable a través de la historia de cómo las ciudades crecieron, se expandieron, y le fueron ganando terreno al campo y al aire libre. Pero la plaza y el árbol de Xaul Tzé se mantuvieron verdes y constantes por los siglos de los siglos extendiéndose hasta la eternidad. Conforme nuevas generaciones iban naciendo, creciendo, reproduciéndose y muriendo una fabulosa leyenda surgió acerca de un árbol que deliraba con tener sentimientos humanos. La historia pasó de boca a boca y con el tiempo el nombre de Xaul Tzé se fue deformando: Zaul-Xé… Saúl-Xe…Sau-Ce… Sauce.
Es por su ancestral origen humano que los sauces de hoy en día sienten tan intensas emociones. Aquellos que hayan oído esta historia, y quizá también aquellos que sepan cómo mirar, entenderán por qué los sauces son nostálgicos pero alegres, caprichosos y delirantes, llorones y también eléctricos. Hasta la fecha de hoy los sauces del mundo le agradecen su locura a Xaul-Tzé porque saben en su corazón que hasta del más iluso de los delirios puede brotar en algo maravilloso.
FIN